¡Aleluya!


Mons. Francesc Conesa          Queridos diocesanos:

En la noche de Pascua, después de narrar las acciones de Dios en la historia de los hombres, la Iglesia entona solemnemente el aleluya, con el que canta el paso salvador de Dios entre su pueblo. Hallĕlū-Yăh, es una palabra de origen hebreo que significa “alabad a Yahveh”. Con esta aclamación se expresan los sentimientos de gratitud a Dios, que van siempre acompañados de la alegría y el gozo. Los cristianos recogieron de los salmos este término, que conservaron en el original hebreo, para mostrar también su alegría por haber experimentado la salvación alcanzada en la muerte y resurrección de Jesucristo.

En la mañana de Pascua brotó espontáneo el aleluya del corazón de los primeros discípulos y discípulas de Jesús. Aún perdura en nuestros oídos el eco de las voces de María Magdalena, las otras mujeres, Pedro, Juan y los demás discípulos que experimentaron la presencia del Resucitado y explotaron en un canto de gozo y júbilo. También la voz de Santa María, a la que cantamos en este tiempo y le decimos: “alégrate y regocíjate Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya”.

Nosotros unimos nuestras voces a las suyas para cantar nuestro aleluya porque el mal ha sido derrotado, la muerte ha sido vencida y se ha abierto para nosotros la puerta de la esperanza. Con el aleluya expresamos nuestro júbilo y la alegría de nuestro corazón ya que “rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo” (pregón pascual). Estamos en Pascua. Entonemos todos un fuerte “aleluya” con nuestros labios, pero sobre todo con nuestra vida. Porque toda nuestra existencia tiene que ser un hermoso canto de alabanza y de gratitud a este Dios que nos ha amado hasta el extremo. Vivamos ese mundo nuevo que ha sido inaugurado en la resurrección del Hijo de Dios. Un mundo más solidario, más justo, en el que vence el amor sobre el odio y el perdón sobre el deseo de venganza. Los antiguos escritores cristianos explicaron que nosotros cantamos el “aleluya” mientras vamos peregrinando por esta vida, pero que llegará un momento en que sólo habrá aleluya. “Cuando después de nuestro trabajo lleguemos al reposo –predicaba San Agustín-, nuestro único reposo será la alabanza a Dios, nuestra actividad será el perpetuo aleluya”. Y añadía: “Digamos aleluya mientras podamos, para que merezcamos decirlo siempre” (Serm. 259, 9,9). El gozo que vivimos en este tiempo de Pascua es un anticipo de lo que vendrá después de nuestra resurrección.

Hagamos de nuestra vida entera un aleluya mientras que esperamos pronunciar esta palabra por toda la eternidad. Para todos: ¡Feliz Pascua de Resurrección! +

+ Francesc Conesa Ferrer

Obispo de Menorca

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