Escuchar siete palabras (III). “Mujer, ahí tienes a tu hijo”


Mons. Agustí Cortés Quizá sea el regalo más valioso que Jesús nos hace desde la Cruz. Más valioso incluso que la reconciliación y la promesa de la felicidad en el paraíso. Este regalo, en efecto, incluye los dos anteriores. Es como su consecuencia y su coronamiento.
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre: –Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: –Ahí tienes a tu madre. Desde entonces, aquel discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,25-27)
Asistimos a una imagen formada por una especie de “triángulo místico”, que afecta a nuestras vidas profundamente. Forman este triángulo las tres figuras centrales: Jesús en la Cruz, María, su madre, y Juan, el discípulo amado. Para nosotros lo importante, además de los personajes históricos, es aquello que significan.
Jesús, repitámoslo, es aquí el Mesías Salvador del mundo, aunque, como ya hemos dicho, aparezca como el último derrotado, la víctima de todo el mal existente en la historia. María, aquí, según el uso que hace el evangelista San Juan de esta expresión, es “la mujer”, aquella que colabora a rehacer la humanidad; en contraste con la otra mujer, Eva, que colaboró a la introducción del mal, es la nueva Eva, madre de la nueva humanidad. Juan es el discípulo particularmente amado, pero que vendrá a ser apóstol, con una misión específica, que le encarga el mismo Jesús.
Según este significado de los personajes, el triángulo místico es un auténtico espacio de amor fecundo. Aquí nace la nueva humanidad, en su formato más elemental, humilde y pequeño, pero con una potencia infinita, como la semilla o la pequeña porción de levadura. La nueva humanidad es bien concreta. Tendrá su domicilio en la casa del apóstol Juan y comenzará a existir en el momento en que, éste, Juan, acoja a María, ella le trate como madre y él la reciba como hijo. La nueva humanidad se verificará en aquella comunión de amor, que llamamos Iglesia, donde Jesús pervive prolongando su filiación y su misión.
Nuestra mirada se fija en los seminaristas de nuestra diócesis, que se preparan para ser ordenados sacerdotes, al servicio de Jesucristo y de su Iglesia. Espontáneamente en nuestra imaginación se superponen sus rostros y el rostro de Juan al pie de la Cruz y al lado de María. Un seminarista es ante todo un discípulo, que
– en su seguimiento de Jesucristo, especialmente durante el tiempo de su formación en el Seminario, ha experimentado que Jesús le trata como “discípulo particularmente amado”;
– ve que este amor de predilección no es debido tanto a sus propios merecimientos, cuanto al amor que le merecen a Cristo las personas a quienes servirá;
– desde la Cruz (y no fuera de ella) Jesús le encomienda la misión de servir a la Iglesia, acogiendo a María como madre, como la madre de Jesús.
– a partir del momento en que reciba a María, “su casa”, es decir, su espacio vital, su humanidad, todo lo que es como ser humano, será casa de Iglesia…
Aquel triángulo místico tiene poco de elevación al séptimo cielo. Se realiza aquí en la tierra cada vez que el Espíritu enriquece a su Iglesia con nuevas vocaciones de apóstoles, servidores como presbíteros. Pero esto ocurrirá si hay cristianos que estén dispuestos a permanecer al pie de la Cruz, junto a María, la madre de Jesús.

† Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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