El Papa asiste a la segunda predicación de Cuaresma


En la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano, el Santo Padre Francisco asistió a la segunda Predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia.

El tema general de las predicaciones de este año en preparación a la Pascua es: “Nadie puede decir: ‘¡Jesús es el Señor! Si no en el Espíritu Santo” (1Co 15, 3). El Paráclito nos introduce en la “verdad plena” sobre Jesucristo y sobre su misterio pascual.

En esta ocasión, el Predicador abordó el tema del Espíritu Santo, “que nos introduce – dijo – en el misterio de la divinidad de Cristo”. Y lo hizo mediante cuatro puntos, a saber: “La fe de Nicea”; “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”; “¿Quién es el que vence al mundo?” y “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven!”.

La fe de Nicea

El Padre Cantalamessa prosiguió su reflexión sobre “el papel del Espíritu Santo en el conocimiento de Cristo”. A la vez que puso de manifiesto que a este respecto no se puede callar una confirmación en curso hoy en el mundo. Y es que existe, desde hace tiempo, un movimiento llamado “Judíos mesiánicos”, es decir, judeo-cristianos. “¡Cristo y cristiano” – añadió el Predicador – no son más que la traducción griega del hebreo “Mesías y mesiánico”! Mientras una estimación por defecto habla de 150.000 adheridos, separados en grupos y asociaciones diferentes entre sí, difundidos sobre todo en los Estados Unidos de América, Israel y en varias naciones europeas.

Se trata de judíos que creen en Jesús – explicó – en “Yeshua”, que es el Mesías prometido, el Salvador y el Hijo de Dios, pero que no quieren renunciar a su identidad y tradición judía, de modo que no se adhieren oficialmente a ninguna de las Iglesias cristianas tradicionales porque quieren vincularse y hacer revivir la primitiva Iglesia de los judeo-cristianos, cuya experiencia fue interrumpida bruscamente por conocidas vicisitudes traumáticas. De ahí que haya explicado que la Iglesia católica y las demás Iglesias siempre se han abstenido de promover este movimiento por razones obvias de diálogo con el judaísmo oficial.

“Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

En el segundo punto de su predicación, el Padre Cantalamessa afirmó que “la divinidad de Cristo es la piedra angular que sostiene los dos misterios principales de la fe cristiana: la Trinidad y la Encarnación”. Que son como dos puertas que se abren y se cierran a la vez. Existen edificios o estructuras metálicas hechos de tal modo – dijo – que si se toca un cierto punto, o se quita una determinada piedra, todo se derrumba. Del mismo modo entonces, podría suceder en el edificio de la fe cristiana, en el que su piedra angular es la divinidad de Cristo. Sí, porque quitado ésta – prosiguió –todo se disgrega y antes que nada la Trinidad. Si el Hijo no es Dios – se preguntó – ¿por quién, entonces, estaría formada la Trinidad? Y explicó que esto ya lo había denunciado con claridad San Atanasio, cuando escribió contra los arrianos.

Además, el Predicador puso de manifiesto que también el diálogo entre ciencia y fe lleva a poner a Cristo entre paréntesis. Y dijo que sucede lo mismo en el diálogo con la filosofía a la que le gusta ocuparse de conceptos metafísicos y no de realidades históricas, por no hablar del diálogo interreligioso en el que se discute de paz y ecologismo, y no de Jesús.

¿Quién es el que vence al mundo?

Por esta razón en el tercer punto de su predicación el Padre Cantalamessa afirmó que hay “que recrear las condiciones para una fe en la divinidad de Cristo sin reservas y sin reticencias”. De manera que se debe reproducir el impulso de fe del que nació la fórmula de fe. A la vez que el cuerpo de la Iglesia ha producido un esfuerzo supremo, con el que se ha elevado, en la fe, por encima de todos los sistemas humanos y de todas las resistencias de la razón.

Y recordó al respecto que San Juan, en su Primera Carta, escribe: “¿Quién es el que vence al mundo si no quien cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn 5, 4-5). Por lo que afirmó que debemos entender bien qué quiere decir “vencer al mundo”; que no significa “conseguir más éxito, dominar la escena política y cultural, lo que sería más bien lo contrario: no vencer al mundo, sino mundanizarse”. Y agregó que lamentablemente no han faltado épocas en que se ha caído, sin darse cuenta de ello, en este equívoco.

De manera que dejando de lado todo triunfalismo, el Predicador dijo que se trata de una victoria de un tipo distinto, sobre lo que también el mundo odia y no acepta de sí mismo como es la temporalidad, la caducidad, el mal y la muerte. Lo que significa, en su acepción negativa, la palabra “mundo” en el Evangelio. De ahí que  Jesús diga: “Tengan ánimo: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Jesús – prosiguió – no ha vencido al mundo apaleando a los enemigos, sino en la cruz. Por eso afirma “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

“¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven!”

En el último punto de su reflexión, el Predicador invitó a preguntarse “¿qué hacemos, nosotros los cristianos, con nuestra fe en Cristo? Más aún, ¿qué hago yo de mi fe en Cristo?”. Y recordó que Jesús un día dijo a sus discípulos: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven” (Lc 10, 23; Mt 13, 16). Es una de esas afirmaciones – explicó – con las que el Señor, en varias ocasiones, trata de ayudar a sus discípulos a que descubran por sí solos su verdadera identidad, no pudiendo revelarla de forma directa a causa de su falta de preparación para acogerla.

“Pero nosotros – concluyó –  sabemos que las palabras de Jesús son palabras que ‘no pasarán jamás’ (Mt 24, 35), es decir, son palabras vivas, dirigidas a cualquiera que las escucha con fe, en cualquier momento y lugar de la historia. A nosotros, por eso, nos dice aquí y ahora: ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! Si nunca hemos reflexionado seriamente sobre lo afortunados que somos nosotros que creemos en Cristo, quizás sea la ocasión para hacerlo”.

(María Fernanda Bernasconi – RV)

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