Jornada por la Vida


Mons. Enrique Benavent             El próximo día 25 de marzo celebraremos la solemnidad de la Encarnación del Señor. Estamos ante el acontecimiento de la máxima solidaridad del Hijo de Dios con la humanidad. Al hacerse verdaderamente hombre, ha asumido una naturaleza humana con todas las consecuencias que esto implica: la experiencia de lo que es una vida humana con todas sus posibilidades y limitaciones, incluidos el sufrimiento y la muerte. De este modo la vida del ser humano, que ya tenía un valor absoluto por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, ha alcanzado una dignidad que jamás hubiéramos podido imaginar. Podemos decir que la vida humana se ha “revalorizado” infinitamente porque tiene todavía más, si cabe, un carácter divino. Es, por ello, un día adecuado para celebrar cada año la jornada por la vida, dando gracias a Dios por este don tan grande y reflexionando sobre las amenazas que en la cultura actual se ciernen sobre la vida humana.

El mensaje que ha preparado la comisión episcopal de familia y vida, titulado La luz de la fe ilumina el atardecer de la vida, nos invita a reflexionar sobre el valor de la vida de las personas que se encuentran, ya sea por edad o por enfermedad, en la última etapa de su vida. Muchos de nuestros contemporáneos, influidos por una cultura que considera el “bienestar”, el placer y la diversión elementos necesarios para ser felices, piensan que la única vida valiosa es la de los jóvenes; que la vida de una persona anciana ya no aporta nada a nuestro mundo; o que una persona enferma no puede ser feliz. No nos puede extrañar una primera consecuencia de esta mentalidad hedonista y utilitarista: la muerte se ha convertido en un tabú para nuestra sociedad.

Si a esto unimos la pérdida del sentido trascendente de la vida y, como consecuencia, del carácter inviolable de la vida humana; así como la confusión que ha extendido entre los deseos y los derechos, no nos debe extrañar un segundo fenómeno que también se está generalizando entre nosotros: la consideración de la eutanasia como un derecho que la persona enferma o sus familiares pueden exigir. La eutanasia, como medio para huir del dolor o de la agonía, al igual que otros atentados contra la vida que se interpretan como “derechos”, es algo que, gracias a campañas mediáticas bien preparadas, se ha instalado, en un primer momento, en la mentalidad de las personas y progresivamente en los ordenamientos jurídicos de la sociedad. Algunos eufemismos como “muerte digna” o “humanización de la muerte” ayudan a que se pierda la conciencia de la gravedad moral de ciertas prácticas.

Ante estos fenómenos, los cristianos estamos llamados a dar testimonio de que queremos ser servidores y no dueños de la vida; que la felicidad del anciano o el enfermo está en que nunca llegue a pensar que está solo o abandonado porque nadie le quiere; que queremos ayudar a afrontar la muerte como el momento en que nos encaminamos al encuentro con Dios, porque la vida es un camino hacia la eternidad. Os puedo confesar que cuando se vive esto con un ser querido, se llega a saber de verdad lo que es una muerte digna: la de aquella persona que la afronta sin desesperarse y sin miedo, porque se sabe querida por Dios y por los suyos.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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